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viernes, 20 de septiembre de 2013

Ley antitabaco de quienes querían legalizar incluso las drogas más duras







La nicotina, componente clásico del tabaco  (que nosotros no usamos),  es un anestésico del sistema nervioso central, que bloquea los receptores de  acetil-colina,  neurotransmisor de baja intensidad en nuestro organismo .
                        
Precisamente por esta obstrucción de neurorreceptores, su número aumenta  para compensar  su neutralización; de modo que, cuando cesa el ingreso de nicotina, quedan libres un exceso de ellos, que hacen padecer sobreexcitación al individuo; aunque, como decimos, de baja intensidad.

No sucede lo mismo con las drogas duras, anestésicos enérgicos porque afectan a los receptores de la  dopamina, neurotransmisor potente que, por serlo, causará un  ‘síndrome de abstinencia’  agudo, con --por ejemplo-- contracciones abdominales insufribles.

En cuanto a la marihuana, su efecto más nocivo consiste en la degradación inclemente de las funciones intelectivas, volviendo  zombis imbéciles  a quienes la consumen.

Pero el tabaco, en cambio, por su bajo valor anestésico, podríamos decir que, frecuentemente, llega a resultar hasta  saludable  por su función  ansiolítica,  ‘tranquilizante’; y que por esto puede llegar incluso a ser estimable para las relaciones sociales, toda vez que lima asperezas y exabruptos y nos hace más pacientes y amables  ‘abueletes’.

Así, se ha dicho que fumar es como  ‘ocio en el trabajo, y trabajo en el ocio’.  Y si no, que se lo pregunten a los viejecillos cuyo único consuelo y báculo para sobrellevar su soledad y decadencia es, como bien se sabe,  echarse un pitillito  charlando con sus vecinos en el bar de al lado…

Es por esto por lo que la ley antitabaco nos parece una notoria exageración que no se justifica con el pretexto de la contaminación ambiental por el humo. Hoy día es realmente infantil --por decirlo suavemente-- esgrimir este motivo cuando existen eficacísimos sistemas de extracción y renovación del aire de locales cerrados.  De modo que, en lugares de ocio, las ventajas individuales y sociales de la nicotina hacen empalidecer hasta convertirlo en ridículo e irreal el ‘inconveniente’ del humo…
                                                                                                                        
Y lo más llamativo de esta alocada ley antitabaco, que demoniza incluso a inofensivo ancianitos dignos siempre del mayor respeto, es que haya sido  ‘impuesta’  --con un feroz rigor más propio de las sedientas hogueras de Torquemada-- por quienes siempre han preconizado la ‘liberalización’ del comercio y consumo de  ¡ todo tipo !  de drogas… incluso las más duras.

Y no será necesario recordar aquí las campañas a favor de las drogas que hemos padecido en periódicos manejados por la masonería, en pintoresca connivencia --¿con la esperanza de alguna suculenta ventaja crematística a corto y largo plazo?--; connivencia, digo, con grupos radicales de disgregación social.

Ejemplo paradigmático de ello fue la arenga del recién asentado alcalde de Madrid, Enrique Tierno, socialista y sin embargo (?) masón, que a los callejeros reunidos les animó encarecidamente a que se fumasen un buen porro…  

Por tanto, e incluso completamente al margen de un Eurovegas o un  ‘loquesea’,  la ley antitabaco es una importuna e impertinente  ‘chuminada’  demagógica que  debería ser derogada  ipso facto.




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